Huerto

…el ameno huerto deseado…

En la cueva grande y en la cantera: Juan de la Cruz, el trabajador

Juan de la Cruz fue un verdadero menestral, tanto de la materia (de la palabra y de la piedra) como del espíritu, y nunca de superficies, sino de profundidades: «minero clarihumano que trabaja donde Dios mismo se abrasa»… Escribe María Zambrano: «Allí mismo, en el huerto de san Juan de la Cruz, mas como lugar cualitativamente diferente, las peñas se alzan aún más, se hacen altas e inaccesibles. En ellas se abren cuevas, secretas galerías. Y la peña se hace así entraña materna, alma. El alma virginal de la palabra. Allí se da a ver algo propio de la palabra: ser como agua allí donde la realidad es como piedra».

En la cueva donde oraba: Juan de la Cruz, el místico

Testigos de la comunidad de Segovia afirman que Juan de la Cruz solía retirarse con frecuencia a este lugar para orar, durante el día y sobre todo de noche, que «se iba a unos riscos y peñascos que tiene la huerta de aquel lugar y se metía en una cuevecita que había del tamaño de un hombre recostado, de donde se ve mucho cielo, río y campo»… Quizá no haya situación más propicia para la actitud contemplativa que la del ser humano ante la noche. Y esto en cualquier tiempo o lugar. La oscuridad es un medio privilegiado para todo misterio, para toda revelación, porque es de noche cuando mejor nos vemos…

Junto al ciprés: Juan de la Cruz, el maestro

Aquí, en lo más alto, Juan de la Cruz tenía su cátedra al aire libre, ejercía su magisterio  abierto a todos y a través de sus versos. Tenemos el testimonio de Jerónimo Yáñez Alcalá que así lo declaró en 1632: «También me precio de haber tenido por maestro todo un verano al santo Padre Fray Juan de la Cruz, honra de los padres carmelitas, a cuyo convento íbamos, a que nos leyese y explicase los himnos, algunos condiscípulos míos, que movidos con su ejemplo recibieron su hábito». Declarando sus versos, llevándolos a nueva claridad, la palabra de Juan de la Cruz se hizo llama, una llama que, en palabras de Miguel de Unamuno, «sigue iluminando las mentes y calentando los corazones».

…aspira por mi huerto…